viernes, 4 de junio de 2010

La ría de Muros




La niebla se queda atrás y poco a poco abre la tarde saltando grácilmente 20 nudos de viento que nos permiten hacer una maravillosa ceñida con Eduardo a la caña y la regala en el agua. La entrada de la ría te deja sin palabras, montaña, piedra, árbol, roca, vela, mar moteada de blanca espuma y un cielo cada vez más azúl.
La vírgen playa de Louro por el exterior de la ría es tan bella como las dunas de Corrubedo y con el imponente peñasco del Monte Louro, que a todos nos recuerda a Capri, la estampa es inolvidable.
Cae la tarde y los pescadores echan sus redes en barcos de gran tamaño para estar dentro de ría. Debe haber un buen banco de peces, lo saben ellos y lo saben los magníficos arroaces que nos vienen a visitar y que nos escoltan hasta el espigón del puerto de Muros durante varias millas.
Dice la leyenda que a los arroaces les encanta la música. Lo que no dice es que les vuelve locos María Dolores pradera. Ni que la música del barco de al lado, que aún no sabemos cual era, les gustaba bastante más, provocando el desaire indignado de nuestra tripulación desengañada.
El puerto de Muros es un puerto pesquero, sin muelle deportivo pero con múltiples espigones de gran calado. Nos abarloamos a un pesquero que nos dicen no saldrá hasta mañana y preparamos cuerpo y alma para la gloriosa cena que se espera.

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