sábado, 5 de junio de 2010

Fisterra






El espigón de Fisterra defiende al pueblo de los embites de la cruda mar océana que con toda la fuerza de miles de millas Atlánticas rompe desde el oeste. La ensenada natural protege todos los demás flancos...salvo el nor-este...exactamente el viento que soplaba cuando el Maite arribó a puerto. Cientos de pesqueros de todos los tamaños pueblan el puerto más auténticamente mariñieiro en el que hemos tenido suerte de recalar. La fábrica de hielo de rigor corona el espigón lanzado al este en despavorida artimaña de ingeniería.
La leyenda rural marinera dice que Frank Gehry tenía una amante meiga de Fisterra con la que cogía las nueve olas de la Lanzada y a la que dedicó el singular y delirante monumento al pito del sereno del pescador modernista que es la lonja de Fisterra. Punto de peregrinación de bodegueros Riojanos, su azul y las gaviotas que pueblan su circense techo nos dejan estupefactos.
El atraque fue de los que hacen historia. Sorteando pesqueiros llegamos hasta el fondo del puerto al único punto del pantalán pesquero en el que podíamos aspirar a atracar. Una exquisita maniobra de Eduardo a la caña y una aguerrida y rápida tripulación no dio espacio a la duda. Allí nos quedábamos. Aracne no tejió en su mitológica vida una red como la que construímos con los springs tomados a las cornamusas del pantalán y a todo lo que pillamos por delante.
El barco quedó seguro y nosotros preparados para acometer el punto culmen de la singladura: la puesta de sol en lo alto del faro de Fisterra. El fín de la tierra, el comienzo del mar.

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