sábado, 5 de junio de 2010

El Faro del fin del mundo


Subimos emocionados al faro que marca los confines de lo conocido. Mas allá, la mar, el infinito océano y tal vez nosotros mismos y nuestra eterna y quimérica búsqueda de la paz existencial.
Decenas de peregrinos queman en silencio sus ropas como ofrenda al sol poniente sobre las abrumadoras rompientes de la mar en el acantilado final.
Una diminuta vela cabecea lentamente entre las olas como recordándonos nuestra humilde (pero muy coqueta y alegre) condición de navegantes en un entorno de dimensiones descomunales.
Nuestro faro es una torre de babel repleta de gentes que cubren las rocas mirando absortos al astro rey y a sus propias vidas con él.
Tras un sublime momento de recogimiento bajamos en poderosa marcha los tres km y medio de camino hasta el pueblo cantando a grito pelado -por supuesto desafinando como gatos- lo primero que se nos vino a la cabeza y recibiendo calurosas muestras de admiración por parte de algún que otro peregrino guiri despistado.
Hemos conseguido tomar por mar el pico más mítico y ni las abrumadoras siestas del marmoto, ni el enganche 2.0 con las uríes cibernéticas asfálticas y principescas hicieron otra cosa que contribuir a hacer más grande nuestra común hazaña. Todos subísteis al faro con nosotros. Os queremos. Y que viva Sanxenxo y hasta Don Ramón.

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